Las veces que creíste haber encontrado por fin a LA persona y más pronto que tarde se descubrió que no era así. Aquellas en las que sabías que no, que ni te convenía, ni encajaba con lo que esperas de la vida y, aun así, seguiste adelante hasta estamparte contra el muro. (Otra vez). Esas en las que no diste la oportunidad porque algo de tu catálogo no estaba o, al revés, aquellas en las que, a pesar de las ausencias, decidiste confiar en aquello que aprendimos juntos: «Las grandes parejas no se encuentran, se construyen».

Todas esas veces, tienen un nombre. Tres, para ser exactos.

Dicen que el amor es complicado, que nada hay más difícil de encajar que dos vidas, que cuando no falla una cosa lo hace otra y que, al final, te pasas la vida batallando en una guerra que ni sabes si es la tuya ni si algún día funcionará. Tal vez sea ahí donde resida la valentía en ser capaz de apostar por algo sin saber si habrá premio, lo que no quita que, en ocasiones, la valentía no esté reñida con la estupidez.

(Creo que de esto último ya te has dado cuenta. Si te sirve, yo también).

Y tal vez sea este reconocimiento de la propia estupidez el que nos lleva a buscar soluciones más sencillas. Tan sencillas como para que nuestra cabeza las entienda, nuestro corazón coincida y nuestra tripa se anime a ser más selectiva.

A mí me gustan las soluciones de tres alternativas: una en cada extremo y otra en la mitad, para hacer balanza. Y si bien tres opciones pueden ser un quebradero de cabeza cuando se trata de decidir algo importante, siempre es mejor que elegir entre las miles y miles de oportunidades que por guapos, contexto o interacciones se nos presentan cada día.

La libertad no es la ausencia de límites, sino cuando los límites te los pones tú”.

Y quizá pienses que en el universo de las personas no existen solo tres categorías, que cada uno es un mundo y que nadie merece ser etiquetado como un pollo de corral. Y es verdad, ¿cómo meter en un frasco lo que nació para ser inabarcable? Pero, a la hora de la verdad, solo tres tipos de bailarines se dejan ver por el escenario de la vida sobre el que sí o sí tendremos que bailar: los que por olvidarse de ti te pisan a cada paso, los que hacen junto a la música y tus movimientos un instante de fusión y los que, aunque te den un pisotón de vez en cuando, lo tienen todo para convertir una coreografía inicialmente desacompasada en una deliciosa obra de arte.

Dicho sin poesía, en la aventura de buscar un compañero de viaje, solo encontrarás a tres tipos de personas: «síes», «noes» y «quizás». Y no hay más. Y de tu capacidad para identificarlas a tiempo dependerá tu éxito o tu dolor.

Empecemos por el principio.

Los «noes»

Dentro de los «noes» hay algunos que son muy claros: los que no nos despiertan ningún deseo, los que «te veo como un amigo» y los que «mira, pero es que eres inaguantable». Son aquellos que «ni cuando las ranas críen pelo» ni cuando «los sapos bailen flamenco». Vamos, que no, nunca, ¡never!

Pero más allá de los que solo vemos como amigos, brodas o angelitos asexuados —más allá de ese «contigo no, bicho»— hay un tipo de «noes» capaces de volvernos completamente locos sin que dejen por ello de ser menos «noes». Son aquellos que, a pesar de la atracción, no comparten tus valores principales. Ni mejores, ni peores, simplemente diferentes.

Y es una faena sentir un huracán en el estómago por alguien y no coincidir en lo que realmente da significado a tu vida, pero no te engañes, «no» es «NO». Tú tienes tus propios sueños, tu forma de mirar la vida y todo el derecho a conservar aquello en lo que crees sin que quien comparte vía haga descarrilar tu vagón. Si ocurre así, bájate cuanto antes, escucha ese clic —ese momento oh-oh que bien conoces— y que anuncia lo que luego vendrá en dosis más altas. A fin de cuentas, mejor saltar cuando arrancas que matarse por el camino por exceso de velocidad.

Si es un «no», es «no».

Los «síes»

Los «síes» son, sin duda una categoría curiosa. Son tan codiciados que mucha gente se viste de ellos sin serlo y, claro, se forma el lío.

Chico-conoce-chica-o-viceversa. Stop. Conectan a primera vista. Stop. Termina la cita. Stop. WhatsApp a todos los amigos: «Tía, tía, he conocido al amor de mi vida». Stop. Pasan dos semanas: «Si te he visto no me acuerdo». Stop.

Si te ha pasado, ya sabes de qué se trataba. Era un «no» disfrazado de «sí». Bueno, eso… ¡o tus ganas excesivas de acertar!

Pero el caso es que existen. Y se hacen sentir. Quizá no de una manera tan súbita como en una película de Hollywood, pero los hay. Son aquellos con quienes ríes, hablas durante horas de mil y un temas y con quienes el respeto, la escucha, el cuidado y la admiración toman caminos de ida y vuelta. En definitiva, aquellos con los que conectas hasta el punto de superar en primera persona la prueba del algodón del amor: «me ayuda a crecer», «me hace disfrutar» y «camina en mi misma dirección».

Y lo más importante. Aquellos con quienes sientes que, si pones tu corazón en sus manos, jamás le harían daño. Tanto en las buenas como en las malas.

Si das con alguien así, tu único desafío es no echarlo a perder.

Elige siempre la segunda mejor opción. La primera está cogida: eres tú”.

Los quizás

Pero hay un último tipo de personas. Se encuentran a mitad de camino de los «síes» y los «noes», justo en la zona de construcción. Son los «quizás», y para mí son los favoritos, pues, aunque al principio resultan más incómodos que los «síes», es donde verdaderamente podemos dejar algo de nosotros. Una huella.

Es como la búsqueda de un hogar, de la casa de tu vida: hay quien prefiere mudarse a una ya perfectamente construida, aunque pueda resultar más cara, y hay quien prefiere irse a una que, aunque tenga algunas goteras o partes a reformar, pueda hacerla con el tiempo a su manera. A la medida de sus sueños.

Cuando encuentras un «quizá» existe deseo, atracción, aunque también algunas diferencias que dan lugar a roces iniciales, discusiones y pequeñas montañas rusas que ponen en riesgo la relación. A fin de cuentas, nunca fue sencillo abrirse a lo extraño y renunciar a ese capricho interior de que las cosas deban resultar siempre de la manera que esperamos. Pero es ahí, justo en mitad de las diferencias —de las distintas maneras de ver el mundo—, donde se plantea una pregunta que solo los valientes resuelven con éxito: lo que nos distingue ¿nos separa o puede llegar a enriquecernos? O, mejor, ¿vamos a enfrentar mi A contra tu B en una lucha sin cuartel o vamos juntos a llegar a C y enamorarnos de la conclusión?

Lo que nos duele no es el amor, sino los errores que cometemos al amar”.

Querido amigo, el amor no duele. Son nuestros errores los que nos hacen sufrir. Y entre todos ellos hay uno que se repite una y otra vez: elegir mal.

Por eso, cada vez que sientas el impulso de lanzarte a una aventura, mira bien si estás ante un «sí» o un «no», si es lo que realmente querías o si estás dejando tu vida en manos del deseo, un capricho o la fantasía de que un día seáis lo opuesto a lo que sois.  Y si en la respuesta a este interrogante te descubres en la tierra de un «quizás», apuesta con todo, sé flexible y déjate sorprender, pues solo poniéndote manos a la obra lograrás el más hermoso de los «SÍES»: aquel que nace de crear algo indestructible donde solo existía una duda. Aquel que hace frente a las goteras e imperfecciones para convertirlo en el hogar con el que siempre soñaste.

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