Existe una creencia muy habitual en el ser humano que, lejos de hacernos más grandes, termina por empequeñecernos. Y es la idea de que nuestro poder abarca todos los rincones del universo.

A simple vista podría no parecer así —«¿Creerme el centro yo? ¡Para nada!»—, pero a la hora de la verdad lo cierto es que no dejamos de culparnos por mil y una cosas que poco o nada tienen que ver con quiénes somos: aquel proyecto que no funcionó, esas décimas que no alcanzamos o aquella persona que nos dijo «¿Sabes?, creo que no eres lo que buscaba».

Y es precisamente en este espacio de dolor —justo antes de que la herida se haga cicatriz—, donde una oportunidad se desnuda para tendernos la mano.

La oportunidad de, por una vez por todas, dejar de a ser ombligo, dar un paso fuera del centro y empezar a aceptar que en la vida existen muchas más variables que juegan en contra de nuestros deseos y el esfuerzo que regalamos. Que podemos entregarnos con todo, sí, pero que siempre quedará una parte ajena a nuestra capacidad, por grande que esta sea.

Un amigo me lo dijo: «Si diste todo cuanto tenías y no salió, llora. Pero hazlo a la vez que sonríes».

Y es que no es fácil asumir que el mundo es frecuentemente injusto—que donde merecimos pares salió nones—, pero siempre es mucho más valiente que dejar de intentarlo, seguir castigándonos y negarnos a la evidencia de que, al final, lo único que importa es aquello que hacemos con el trocito de mundo que todavía podemos transformar.