(Extraído de mi último libro,
‘Cabeza, corazón y tripa’)

Mucha gente se sorprende cuando le digo que para disfrutar del amor en pareja no hace falta encontrar a una persona que roce la perfección o que sea bastante sobresaliente, sino a una persona «suficiente». Lo primero que suelen decirme es: «¡Sí, hombre! Si hay un espacio en el que no pienso conformarme es en el de la elección de mi compañero de vida». En el fondo, esta respuesta tiene bastante sentido, especialmente si asociamos el concepto de suficiencia a lo que aprendimos en el colegio, donde obtener una calificación de suficiente era equivalente a un cinco pelao, poco menos que una nota «mediocre». Pero si atendemos bien al significado real de esta palabra («bastante para lo que se necesita, apto, idóneo»), descubriremos que «suficiente» es exactamente el término que necesitamos.

Para explicarlo mejor, suelo proponer el siguiente ejercicio de visualización:

—Imagina que estás en una partida de Black Jack.
—¿Black Jack?
—Sí, el juego de cartas. Como seguramente sabrás, el Black Jack es un juego en el que hay (como mínimo) dos oponentes. Por un lado, el jugador y, por otro, la banca. El objetivo de este juego está en acercarnos en la medida que podamos a los 21 puntos, pero sin pasarnos. De lo contrario, perdemos automáticamente. Para ello, la banca nos va entregando cartas, que debemos ir sumando. Primero nos reparte una, vemos su valor (puede ser del 1 al 11) y decidimos si queremos otra. En caso afirmativo, sumamos el valor de la segunda carta a la primera y, de nuevo, decidimos si queremos otra o si, por el contrario, nos plantamos… Así sucesivamente, hasta que ocurre una de las siguientes tres cosas: a) alcanzamos los 21 puntos, en cuyo caso ganamos directamente; b) nos pasamos y perdemos todo, c) nos plantamos y esperamos el turno de la banca para ver quién se aproxima más.
—Sí, sí. Conozco el juego, pero no sé adónde quieres ir a parar…
—Pues bien, imagina ahora que la búsqueda de pareja es como una gran partida de Black Jack. En ella la vida te va presentando cartas (personas) y tú decides si son suficientes para ti o no; si te plantas o si buscas otra. Si tienes 14 puntos, está claro lo que debes hacer: pedir otra carta; pero si tienes 18 o 19… en este caso, lo mejor que puedes hacer es plantarte. Nadie te asegura que no pierdas, pero tienes buenas posibilidades de hacer con ello una jugada ganadora.
—Entiendo, pero ¿qué pasa con los demás puntos? ¡Yo quiero mis 21! ¿Debo renunciar a ellos?
—No, y aquí está la pequeña diferencia. En el amor de pareja, los últimos puntos no se consiguen en una carta. Los últimos puntos se construyen.

Si hay algo que saben bien las parejas que funcionan armónicamente es precisamente esta última lección. A través de sus experiencias y de su forma de mirar han aprendido a no buscar la perfección, sino la suficiencia. Han dejado de perseguir personas ideales o a medida y han puesto el foco en rodearse de personas aptas con las que ponerse manos a la obra. De una u otra forma, han descubierto uno de los secretos mejor guardados de las parejas felices:

Las grandes parejas no se encuentran,
se construyen
”.

Tratar de encontrar a alguien que encaje a la perfección es, además de un imposible, un acto de inmadurez emocional. ¿Cómo van a coincidir dos personas cuyo pasado, presente y futuro pertenecen a coordenadas diferentes? Y no solo eso: ¿qué valor tendría encontrar algo que desde el primer momento se acomoda a nosotros como la horma de un zapato? Si lo pensamos bien, construir es una de las labores más hermosas y significativas que podemos llevar a cabo, ya que nos brinda la oportunidad de crecer y enriquecernos a partir de la diferencia, de abrirnos a lo que hasta ese momento nos era extraño y de aspirar a un proyecto más grande que nosotros mismos. Es cierto que en muchos momentos puede resultar un proceso duro, llegar a sembrar algunas dudas o incluso poner al límite nuestra paciencia, pero si logramos verlo en perspectiva, el proceso de construcción tiene todos los ingredientes para convertirse en un reto totalmente apasionante.

Y es que muchas veces sufrimos en nuestras relaciones porque esperamos que la compatibilidad haga todo nuestro trabajo. Pensamos que, si a las primeras de cambio no hay una perfecta sincronía, mejor rendirse o buscar en otra parte. Yo he vivido muchas relaciones totalmente armónicas en su inicio —en este caso de amistad— y lo cierto es que a la larga han resultado un tanto aburridas. Siempre son más divertidas aquellas en las que hay cosas que limar, una fuerte discusión de vez en cuando, una reconciliación, un aprendizaje… En definitiva, ¡un crecimiento común! Es más, podría afirmar que la mayoría de mis mejores amistades se caracterizan por haber tenido un inicio algo convulso, y, sin embargo, eso nunca ha sido un freno. ¿Y por qué? Porque, cuando hay amor y ganas, se acaba encontrando la manera.

En el fondo, la búsqueda de una persona que encaje a la perfección con nuestras pretensiones no es más que una posición cómoda, una manera de jugársela a todo-o-nada, pero sin exponer nada realmente valioso dentro de nosotros: «Salgo a su búsqueda. Si no la encuentro, sigo rascando; si la encuentro, ¡premio!: ahora solo queda relajarse y disfrutar del vuelo». Para muchas personas esto no supone ningún problema, pues, aunque en ocasiones se pongan caretas de buscadores del «amor», en realidad solo persiguen la parte brillante o excitante de las relaciones. El verdadero conflicto tiene lugar en el corazón de aquellos que sí aspiran a una relación profunda pero que nunca llegan a alcanzarla por culpa de unos hábitos o unas creencias equivocados.

La hiperexigencia es solo el escudo de quienes se creen demasiado buenos como para pelear por nada”.

¿Quieres una relación que navegue a toda vela? No la busques. ¡Créala! Porque puede que no sea todo lo perfecta o ideal que soñaste, pero será la tuya. Y eso será lo que hará que la cuides, te enamores y te importe. Eso será lo que hará que un encuentro nacido para un instante pueda optar a la eternidad del tiempo o la memoria.

No te engañes. Olvida las excusas para no cumplir con tu parte. La hiperexigencia es solo el escudo de quienes se creen demasiado buenos como para pelear por nada. Si buscas algo auténtico —algo que conecte con el verbo VIVIR— tendrás que abrazarlo todo. Lo feo y lo hermoso. Pues no es posible disfrutar en profundidad lo uno sin comprender ni abrazar lo otro, y la razón es sencilla: no es posible amar a medias.

Y revisa tu mirada. Será la que mueva tus pies. 

Cada día estoy más convencido de que en la gente suficiente habita lo más extraordinario. Es decir, gente que apuesta por el amor, la sencillez y el poco a poco. Bellas en unas facetas y algo más afeadas en otras. Sin estridencias ni pájaros en la cabeza. Gente que lo da todo sin dárselas de nada. En definitiva, personas que a ojos de la sociedad o las mentes perfeccionistas quizá no sean un 20 o un 19, sino un 16 o un 17, pero con las que podemos luchar por nuestro 21.

¿Y si por buscar a alguien que nos deslumbre
nos estamos perdiendo a las personas
que brillan de verdad?

Recordemos: las cosas más valiosas no se encuentran, se construyen.

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