Lo contrario de la vida no es la muerte,
sino el desaprovechamiento.
Anxo Pérez

Existen dos maneras de perder en la vida: viendo marchar algo que un día tuvimos o quedándonos parados ante aquello que amábamos y pudimos tener. Si bien la primera puede ser fruto de la torpeza, la mala suerte o la casualidad, la segunda solo puede deberse a dos motivos: la irresponsabilidad o la cobardía.

Dicen los grandes pensadores que lo contrario de vivir no es morir, sino desperdiciar la vida. Y no les falta razón. Y es que la vida no solo se desaprovecha cada vez que algo real y visible pasa ante nuestros ojos y no lo cogemos, o cuando dejamos caer algo que estaba en nuestras manos. La vida se desaprovecha mucho más cada vez que un sueño atraviesa nuestro corazón y lo dejamos escapar.

Aquello que no es pero que podría llegar a ser también nos pertenece. 

Si a día de hoy aún no has logrado subirte a alguna de tus ilusiones, es muy probable que se deba a alguno (o varios) de los siguientes motivos:

a) No piensas en grande.
b) Sigues esperando el momento perfecto.
c) No te has pegado una buena  hostia bofetada.

Empecemos por el principio:

Piensa en grande

Imagina que estás en una isla paradisiaca donde para alimentarte solo tienes dos árboles. El primero es grande, frondoso, colorido, y produce unos frutos jugosos y de muy buen tamaño; el segundo, por su parte, es pequeño, apenas tiene hojas y sus frutos carecen de brillo. ¿De qué árbol comerías?

En la vida ocurre algo parecido. El primer freno en el camino hacia nuestras metas es que no nos creemos que esta vida pueda ser un paraíso. No vemos más que los árboles pequeños.

Cuando imaginamos el futuro solemos hacerlo a la baja: No pensamos que podamos ser el próximo Steve Jobs, Michael Jordan o Paco de Lucía. Creemos que esas plazas solo están reservadas a genios y que, desde luego, no somos uno de ellos. «¿Quién soy yo para formar parte de las estrellas?».

Esto no quiere decir que para llegar a lo más alto haya que ser rico, poderoso o afamado, o que sea más valioso aparecer en la revista Times que ser un estupendo padre de familia —la meta de cada uno, cada uno la decide—. Ni siquiera que debas alcanzar la cima. Quiere decir que más allá de los talentos o los dones, los grandes sueños acaban cayendo en manos de quienes osan mirar a la vida sin complejos y con la amplitud adecuada:  si quieres algo, empieza por sentir que lo mereces.

Deja de esperar al momento perfecto

«No, es que…» «Ya, pero…» «Aún no…» «Cuando consiga…» ¡Stop! No hay una sola aventura digna de ti que comience con estas expresiones. Si esperas a que los astros se alineen para ti, ya puedes hacerte con un buen cuaderno de sudokus, porque jamás ocurrirá. Así que, si quieres que algo suceda, te toca adelantarte. Ningún sueño te cogerá con el pijama.

Si piensas que las grandes cosas van a ocurrir cuando estés peinado, lo más probable es que te pases la vida evitando despeinarte.

No se trata de hacer las cosas de cualquier manera o de dar más importancia a la cantidad que a la calidad, sino de recordar que para llegar a dominar una materia es preciso pasar primero por las categorías «Torpe-Malo-Regular», y para eso debemos restarnos importancia, dársela a nuestro sueño y avanzar con humildad. Hazlo mal, pero hazlo. (Ya mejorarás). 

No digas hoy empezaré mañana, di mañana empecé ayer.”.

Si te preocupa más hacerlo bien que simplemente hacer lo que amas, entonces no habla tu corazón, habla tu orgullo. Tu ego. Ese que cree que para ser digno de valoración y amor necesita acertar.

Y aquí está la clave: aunque suene doloroso, el miedo al fracaso no es otra cosa que el resultado de creernos demasiado importantes. «Yo no me creo nadie especial», podría objetar alguno. Bien, pues ¿por qué no te lanzas de una vez? ¿Qué temes, entonces?

Si miras a tu alrededor, descubrirás que las personas más valientes suelen ser personas humildes, de ojos brillantes y alma sencilla. Es raro ver a una persona arrogante y altanera arriesgar, tiene demasiado que perder (un «prestigio», un «estatus», un aplauso…). La persona humilde, por su parte, no siente que su amor propio esté en juego. Solo ve la oportunidad en dos formatos: o me lanzo tras ella porque es lo que amo y la disfruto, o me la pierdo.

Pégate una buena hostia bofetada (fracasa más)

Responde a esta pregunta con honestidad: ¿Cuándo fue la última vez que fracasaste de verdad? Y no me refiero a algo que no salió como esperabas, eso a todos nos pasa cada día. Me refiero a un guantazo en toda regla, a una decepción con todas las de la ley. Di. ¿Cuándo fue la última vez que pusiste toda tu alma en algo como para que no lograrlo o perderlo te pudiera romper por dentro? (Si te cuesta responder ya has respondido).

Mucha gente quiere irse al cementerio con un 0% en errores, y eso, en idioma vital, es igual a irse con un 0% de vida. Si muchas veces no alcanzamos nuestras metas no es porque no hayamos logrado acertar con la tecla, es porque no hemos tocado lo suficiente. Todos tenemos un porcentaje y rara vez es cero. ¡Fracasa más! ¡Estréllate más! O, como dice Sergio Fernández, «¡Multiplica tu tasa de errores!» Salvo algunos superdotados, algunos afortunados y algunos enchufados, lo normal es que el pórtico de la gloria se atraviese con unos cuantos chichones.

Todo acierto es igual a la suma de muchos errores”.

Si eres una persona que, a pesar de tu bagaje, vive a pleno corazón, ya habrás comprobado algo. Y es que muchos de los sueños, a pesar de ser hermosos, tienen fecha de caducidad, y que o los coges de las orejas cuando pasan o no lo vuelves a intentar.

Por eso, si hoy tienes la suerte de tener una ilusión por delante capaz de dar sentido a toda tu vida, no la ignores. No la escondas bajo la alfombra del miedo a fracasar, no la dejes ni un solo centímetro por debajo de la opinión de los demás y, sobre todo, no la dejes para otro día. No hagas nada de eso, porque es posible que no se vuelva a presentar.

Y si, por el contrario, aquel sueño quedó atrás y no se puede recuperar, no desesperes, otro aparecerá. Solo recuerda la estrategia: pensar en grande, lanzarse con lo que tengas y atreverse a fracasar. Acepta que hay ilusiones perdidas, sí, pero también que aún quedan muchas por alcanzar.

Podemos perder un sueño —y es doloroso—, pero nunca podemos perder la capacidad más hermosa del mundo: La capacidad de soñar.

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