Una sonrisa se escapa cuando veo a alguien triunfar.
Confieso que no me ocurre siempre, y que, si bien hay triunfos capaces de emocionarme hasta rozar el llanto, también hay otros que no logran despertar en mí la más mínima de mis inquietudes.

Dicen que todo depende del amor que sientas hacia esa persona o de la calma que respira tu interior cada vez que sales victorioso de tus propias batallas, pero yo creo que es algo más que eso.

Que no es la llegada lo que nos alegra, sino la manera en que alguien —sea querido o no— lo consigue. Que hay quien de un cable o un golpe de suerte tocó su cima, sí, pero también quien de su poco a poco, su paciencia o un ya debilitado «todavía puedo dar algo más» supo hacer frente a sus escalones.

Me pregunto si no son estos nuestros verdaderos héroes. Aquellos que de una piedra empezaron un castillo. Aquellos que de un momento entregado construyeron su propia historia.

En fin,
creo que a estas alturas no puedo negarlo:
cómo me gusta cuando a la gente que se esfuerza le van las cosas bien.