Si no te quieren como tú quieres que te quieran,
¿qué importa que te quieran?
Aristófanes

Tres cosas (y no dos) deberían enseñarnos de pequeños: no te lleves a la boca lo que encontraste en el suelo, mira a los lados antes de cruzar y, la más importante, jamás juegues con el corazón de las personas.

No sé bien cuál es la razón de nuestro desajuste, ni cuándo empezó este lío, pero lo cierto es que, por uno u otro motivo, siempre acabamos besando lo que está caído, lanzándonos a la vía para ser arrollados y tratando a los corazones como pelotas de colegio.

Alguien debería decirle a Facebook que el término «es complicado» es solo la excusa que se ponen dos personas cuando una de ellas no tiene el valor de decir a las claras «Voy con todo y a por ti». Que complicado puede ser —qué sé yo— ascender el Everest en patinete o conquistar la Atlántida a lomos de un unicornio, pero no saber si en una relación de dos vas o no vas.

Seré sincero. No creo mucho en las etiquetas del estilo «somos novios». A fin de cuentas, «novios» es solo una palabra que en los tiempos que corren puede decir mucho o puede no decir nada. Sin embargo, sí creo en otra forma de división, y es aquella que separa a las parejas en dos tipos: las que se juntan diciendo «a ver qué sale» y las que se juntan diciendo «deseo que salga»; las que se suben al barco con un pie en la orilla y las que lo hacen arrojando por la borda su retrovisor.

Implicación es la palabra.

No sé quién te dijo lo contrario. Si fueron las películas que siempre acaban cuando empieza el beso o si fueron las poesías que entienden que el amor más elevado es aquel que te conduce a la vejez contando lunares de una espalda. Pero siento decirte que no es así, o no en el mundo real. Que una parte del enamoramiento le corresponde al encuentro y la casualidad, sí, pero que hay otra —la más importante— que te corresponde a ti. A tu lucha, a tu entrega, a tus ganas de ser parte de un universo más extenso que tu ombligo.

Te lo diré con suavidad: no vas a enamorarte de nada en lo que no seas capaz de regalar un pedazo de tu corazón. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Porque las cosas más grandes no están reservadas para quien se lanza a medias. Porque las historias nacidas para la memoria nunca surgen de la nada. Porque si hay amor, hay acción; y si hay acción, nace el amor.

Si hay amor, hay acción; y si hay acción, nace el amor.”.

Siempre lo pensé: no hace falta mucho tiempo para saber si quien tienes delante te gusta lo suficiente como para guardar tus miedos, poner el cartel de «ocupado» y empezar a disfrutar con lo que queda dentro de la habitación. Quizá ese sea el problema —tu problema—, pensar que lo contrario de «ocupado» es «libre», como en los hoteles; sentir que si eliges lo primero, desechas lo segundo. Pero recuerda, yo no soy una posada donde puedes venir las noches que no tienes dónde dormir, soy un hogar donde construir y vivir algo más grande que una soledad acompañada. Aquí, libertad y compromiso caminan de la mano.

Por esta razón, no voy a pedirte que me quieras, ni tampoco que me elijas (por favor, jamás sientas culpa por no hacerlo). Voy a pedirte que me digas la verdad. Que si no soy lo que buscas o lo que esperas de la vida lo digas con la misma valentía con la que un día te definiste. Con el mismo coraje con el que un verano te serviste para acercarte a mí en aquel bar.

Porque no se trata de estar juntos ni de prometer un «para siempre» —nunca es esa la misión—, sino de que lo que vivamos, juntos o separados, y dure el tiempo que dure, sea real.

Por eso, ven o no vengas, pero no te quedes a mitad, porque «mitad» es la mejor forma de no llegar a ninguna parte. No me digas a las tres de la mañana lo que no supiste decirme a las siete de la tarde, porque en el mundo en que yo creo no hay horarios. No se puede amar de domingo a jueves ni de septiembre a mayo. En mí, o te quedas en verano, o te quedas sin invierno.

No me cuentes poesías cuando te sientas entusiasmado si, al pisar al suelo, no las sabrías recitar. Guárdatelas para Twitter. O para Instagram, que dicen que ahora funciona mejor. ¿#Vale? A mí escríbeme cosas que no rimen, o que lo hagan, si prefieres, pero que cuando las lea, sea hoy o dentro de una semana, sigan sonando igual.

Ya sabes lo que pienso, te lo he dicho una y otra vez: amor es que si hoy dices que me quieres, mañana no te vayas. Esa es la poesía que me gusta.

Amor es que si hoy dices que me quieres, mañana no te vayas.”.

Y una última cosa: si no vas a volar conmigo, deja mis alas en paz.  No apuestas, no exijas. ¡Desaduéñate de mí! Disfruta de tu espacio si eso es lo que quieres, pero al volver no preguntes nervioso con quién pasé la noche. No quieras saber si fue mejor, peor o si simplemente fue. No preguntes quién me ha escrito, ni por qué estuve en línea hasta altas horas de la madrugada; porque sí, estoy en línea. Con la vida. Con lo que pueda surgir. Con lo que tenga más agallas.

Y jamás (de los jamases) vengas a por mí cuando sientas que me pierdes. Si quieres dejarlo todo, que sea como en la canción, cuando digo «ven», no cuando digo «me voy».

Verás. No nací ayer —aunque tampoco antes de ayer—, y la vida ya me lo advirtió una vez (y dos, y tres…): si alguien no está contigo después de un tiempo «conociéndoos», no es porque aún no esté preparado, necesite encontrarse o tenga miedo a romper una amistad; es porque prefiere estar solo o porque cree que puede encontrar alguien mejor. No hay más opciones, y todo lo demás son fantasías de quien solo aparece para acallar su soledad, reclamar su dosis de placer o proteger de los demás su porción de cuerpo.

¿Tanto cuesta ser sinceros? O peor, ¿tanto vale un polvo?

Hay dos frases que marcaron mi crecimiento en el amor: la primera es que «a los amantes hay que frenarlos, no empujarlos»; la segunda, que «si alguien duda de que te ama, no te ama».

Aunque a veces lo intenté, jamás pude rebatirlas.

Dime, ¿puedes tú?

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