Ser feliz es sentir las convicciones
de estar en lo correcto.
Jorge Bucay

Sí, ya lo sé. Aquella frase te salvó, como a mí. Querías subir, volar, agarrar de los pelos a tus ilusiones…, pero el miedo al qué dirán, al cuánto se reirán o al cómo pensarán quienes decían ser los tuyos creó un contrapeso suficiente como para echar a perder la luz más brillante de todas. Tu luz. Fue en ese preciso instante —cuando todo parecía sucumbir a las leyes del abandono— cuando apareció, de entre miles de letras y mensajes, aquella frase de tres palabras que cambió tu destino para siempre:

«SÉ-TÚ-MISMO».

Y lo fuiste. Quizá no siempre, pero lo fuiste. O, al menos, lo intentaste. Y si lo olvidaste, te lo recuerdo:

» Fuiste tú mismo cuando aceptaste tu talento y dejaste de pedir perdón por destacar, pero también cuando sucedió todo lo contrario y, apretando bien los dientes, decidiste no renunciar a lo que te hacía disfrutar por el simple hecho de sentirte torpe o imperfecto. Sí. Fuiste tú mismo (y en la misma medida) tanto el día en el que sin saber bailar asaltaste el escenario como aquel otro en el que, conociendo la respuesta, levantaste la mano ante las miradas de la clase.

Pero eso fue solo un trocito, un centímetro de entre los muchos kilómetros que recorriste. Pues fuiste tú mismo muchas más veces.

Lo fuiste cada vez que, a pesar de la crítica, te mantuviste fuerte y soldado. ¿Recuerdas? El mundo girando y tú ahí, siempre en tu puesto. Lo fuiste cuando dijiste «Papá, me gustan los chicos» o «Abuela, lo siento, pero en esta ocasión yo votaré a los otros». Como también aquella vez en que, a última hora, cambiaste la matrícula y, nervioso, pronunciaste: «Nada de Derecho o Medicina, yo estudiaré Bellas Artes».

Todas aquellas veces fuiste tú mismo, sí, pero de nuevo, hubo más, mucho más. Y es que de entre todas las veces en que fuiste tú mismo ninguna brilló tanto como aquellas en las que te lanzaste tras lo que querías sin esperar garantía o premio a cambio. Aquellas en las que ya fuera un amor, un proyecto o una idea, supiste acompañar tu causa por una forma de mirar la vida que —escrito o no con palabras— venía a resonar así en tu a veces terca cabezota: creer en ti no es saber que lo vayas a conseguir; es saber que —lo logres o no—, tienes derecho a perseguir lo que amas. 

Con todo (y con eso), hoy no quiero recordarte que siempre que puedas seas tú mismo, sino justamente lo contrario. Quiero sugerirte que no lo seas. O no a cada instante. Porque lo que unas veces te hace grande, en otros momentos puede dejarte pequeño, y es tu misión distinguir. Ya lo dijo aquel proverbio: «Inteligencia es comprender que lo que siempre fue SÍ un día pueda ser NO». Y viceversa.

Por eso, y a pesar de lo ganado, no seas tú mismo. O no a cada instante, repito. Y si te parece contradictorio, recuerda esta fórmula inexacta: ser tú mismo sirve para recuperar el espacio perdido; no serlo, para dar un paso más. 

Ser tú mismo sirve para recuperar el espacio perdido; no serlo, para dar un paso más”.

Así que, si ya te has puesto al día, empieza a rebelarte y no, no seas tú mismo. Porque aún hay trabajo por hacer.

No seas tú mismo con tus sueños, sobre todo si son grandes. Ya viste lo que sucedió la última vez que lo hiciste: empezaste fuerte, flojeaste pronto y, al final, terminaste por dejarlo pasar. Como el gimnasio en septiembre. Como la dieta en enero. (Y lo sabes). Todo eso te pasó por ser tú mismo. Por no exigirte un poco más. Por aplicar a tu futuro las mismas reglas que aprendiste en tu pasado.

En el fondo, tiene sentido: ¿cómo conseguir un poco más si haces lo mismo de siempre?

Por eso, insisto. No seas tú mismo cuando lo que tienes dentro no mejore lo de fuera. Cuando lo que te pida el cuerpo no acompañe a tu causa. Cuando la pereza te pida más sillón y menos armas. No lo seas.

No, no seas tú mismo con tus amigos, y mucho menos con tu familia. Llámales más, escúchales más, cuídales más. Hazlo especialmente cuando menos ganas tengas y cuanto (más) mayores sean: abuelos y bisabuelos primero. No dejes que se vayan sin impregnarte de ellos. No dejes que se queden sin disfrutar de ti.

No seas tú mismo mientras haya injusticias, guerras, hambre y desigualdad. Siempre hay algo diferente por hacer y empieza en ti. No lo dejes en manos de gobernantes y políticos, la solidaridad nunca hizo ganar votos. O no los suficientes. Así que, si no empezaste ayer, ponte en marcha: hoy es menos tarde que mañana.

Piénsalo. ¿Cuántos de los grandes momentos de tu vida no surgieron de un ápice de rebeldía?”.

No seas tú mismo con mucha gente, ni siquiera con los desconocidos. Sonreír nunca fue un acto de justicia, sino un gesto que mejora el mundo por sí solo. No importa que estés cansado o que aún no te hayas despertado: cuando se llega a un sitio se sonríe y se dice «¡Buenos días!». Punto. Y lo mismo para abrir las puertas, ceder el asiento, poner los intermitentes o lo que sea que hagas sin tener en cuenta que, además del tuyo, existen otros ombligos.

Y, por último, no seas tú mismo con tu pareja. Porque es con ella con quien establecerás las relaciones más íntimas. Con quien más amarás, pero también con quien más rabia, sinsabores y frustraciones tendrás que compartir. Vivir es así, y solo quien permanece a tu lado se sirve de las dos caras de la vida: la fea y la guapa. No seas tú mismo en las discusiones, o cuando asomen los celos. No si aún no estás preparado. Y concéntrate, concéntrate mucho. Tanto como para recordar —llegado el momento— que la mejor respuesta a un «He quedado con un amigo» no es «¿Te gusta más que yo?», sino «¡Pásatelo bien, cariño! ¡Quiero cuando vuelvas verte radiante!». Tanto como para no olvidar que la mejor forma para reaccionar a un mal gesto, un error o algún reproche no es un «¡Y tú más!», sino un comprensivo y sentido abrazo. 

Recuerda que en la vida nada es de una única manera y que siempre podremos elegir. A cada instante. Porque siempre habrá dos montones: en uno, lo que somos; en otro, la persona en que nos queremos convertir. 

Crecer es decidir.

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