La forma más básica de conectar con otra persona es escucharla. Simplemente escucharla. Quizá lo más importante que podemos dar a otra persona en la vida sea nuestra atención. Y especialmente, si la damos desde el corazón. Cuando las personas hablan, no es necesario que hagamos nada, simplemente recibirlas.

(Rachel N. R.)

De entre todas las formas de conexión entre las personas, la empatía es, sin lugar a dudas, una de las más especiales. Existen muchas definiciones de empatía, sin embargo, no es necesario buscar en la letra ‘E’ del diccionario para conocer el significado real de este concepto. Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido esa caricia en el corazón. Y ese momento, deja huella en nuestra memoria emocional para siempre.

Es frecuente hablar de empatía con la misma facilidad con la que se dice un ‘Te entiendo’. Sin embargo, la empatía no es un ‘te entiendo’ vacío de comprensión, ni tampoco significa dar consejos o explicar ‘qué haría yo en tu lugar’. La empatía no entiende de añadir frases hechas, sino de hacer que sobren las palabras. Supone acariciar el corazón del otro, acompañarle en su sentimiento y mirar más allá de lo que persona nos dice. Porque empatía no es ponerse en el lugar del otro, sino a su lado. Es un hilo invisible que une dos corazones a través de la comprensión, la escucha y la aceptación incondicional.

Estamos acostumbrados a escuchar que la empatía significa ‘ponerse en los zapatos del otro’. No obstante, es importante no pasar por alto un matiz fundamental: para ponerte en los zapatos del otro, es necesario quitarte primero los tuyos. Una actitud empática supone ponerte entre paréntesis, bajar tu volumen interno y acoger con aceptación y libre de juicio la vivencia personal de la otra persona.

Empatía no es ponerse en el lugar del otro, sino a su lado”.

A veces, resulta sencillo confundir la ‘empatía’ con la ‘simpatía’, sin embargo, el único aspecto que tienen en común ambos conceptos es la terminación ‘-patía’ (del latín: ‘sentimiento’). La empatía es la predisposición a comprender al otro, no se traduce en un intercambio de opiniones con la que estar de acuerdo o no con la otra persona. La comprensión no lleva implícito el beneplácito del que escucha… la simpatía, normalmente, sí. En otras palabras, la simpatía es una forma de conexión superficial y necesaria con personas con las que sueles compartir una misma opinión, cierto feeling o cercanía en valores. Sin embargo, existe una sutil diferencia en la empatía: uno puede comprender al otro sin estar necesariamente de acuerdo con él. Por este motivo, la empatía está relacionada con la predisposición a buscar motivos por los que esa persona ha llegado a actuar o sentir de esa manera en aquella situación en la que, probablemente, tú hubieras actuado de otra manera.

Por esta razón, no hace falta haber vivido las mismas experiencias que el otro para comprenderlo. Esto, además de imposible – dado que cada uno elaboramos nuestras vivencias de un modo diferente –, no es requisito fundamental para tener una actitud empática con el otro. Por ello, para la simpatía probablemente sea suficiente un ‘sé por lo que estás pasando, a mi me pasó lo mismo’; por el contrario, para la empatía no lo es. Empatizar no significa exclusivamente comprender al otro, sino también hacerlo sentir comprendido.

Cuando escuchamos hacemos existir al otro”.

Se dice que ‘tenemos dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos’, y en lo que a empatía se refiere, a veces nos sobra el porcentaje destinado a ‘la boca’. La escucha es una de las caricias emocionales más bonitas que podemos regalar a una persona… porque cuando escuchamos hacemos existir al otro. De ahí surge la magia de la empatía: de la capacidad de saber escuchar lo que te dicen, y por encima de todo, lo que no te dicen con palabras. Y para ello, no sólo son necesarios dos oídos, sino también (y sobre todo), un corazón. Porque cuando uno escucha de verdad, se produce un eco en el interior de quien escucha y es de ahí desde donde nace una actitud voluntaria que hace posible la conexión con la otra persona, comprendiendo de este modo su mundo emocional. Porque el verdadero recipiente de la empatía es el corazón: así, uno va vertiéndola de a poquito en las vidas que necesitan de comprensión.

La empatía son unas gafas con dioptrías especiales, por ello, siempre va un poquito más allá de lo que aparentemente se ve: no siente simplemente el latido, sino el pulso. No tiene ojos, sino mirada. No oye, sino escucha. No huele, sino respira. No habla, sino comunica. No toca, sino acaricia.

“… y eso es lo que hay detrás de la empatía: el arte de mirar desde el punto de vista del otro para comprender. Porque nacemos con ojos pero no con mirada. Para ver, basta con dirigir los ojos hacia el estímulo en cuestión. Para mirar, hay que poner en marcha también el corazón”.

Escrito por Nekane González de Reparando Alas Rotas
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